Es primavera, una nueva flor de un perfume sublimado a florecido para deleite de nuestro corazón. Es la nueva guía de Ordesa. Cuando escalemos llevemos agua pura proveniente de los torrentes del alpinismo, bebiendo de ella escalaremos de forma adecuada sus vías y alcanzaremos la cima de la belleza de las paredes de ordesa.
A continuación un texto que escribí para la propia guía:
El Rumor del Río
Antes de que abrazara el caos de bloques anaranjados y desiguales que configuran las atractivas paredes del valle; antes de que escalara los temblorosos techos avenidos de las enormes vigas incrustadas, que como las saetas en el tórax del valiente guerrero, no se pueden sacar ni mover de forma brusca pues provocarían la hemorragia fatal del héroe; antes de que ascendiera los agónicos y sucios diedros grises, de exigentes movimientos en precario equilibrio de los que se componen las vías de Ordesa, yo, ya estaba totalmente rendida a la desbordante belleza del valle.
Era realmente joven cuando por vez primera recorrí con mi cámara este paraje natural. Visualmente quedé satisfecha gracias al magnífico espectáculo de contrastes de verdes oscuros con azules intensos que hacían destacar de sobremanera el color anaranjado del Tozal y el Libro Abierto. Había ascendido por el camino de Cotatuero hasta un balcón decorado con un escultural pino forjado por algún malhumorado rayo. Apoyada en su lomo, al albergue de sus mutiladas ramas, contemplé el cielo azul pálido surcado por nubes de acuarela mientras me preguntaba donde se escondía el talentoso artífice de semejante escenario pictórico. Entonces, me hice eco del melodioso rumor del batir de las aguas del río, que humildemente reivindicaba el nombre de Arazas. Desde el fondo del valle la voz suave del Arazas cantaba los secretos de su artesanía, mientras que con manos cariñosas, moldeaba formas redondeadas a las piedras que venían a su encuentro. A cada saltito, estas mismas manos cogían el cincel y aprovechaban la energía recobrada para imprimir muescas de dramatismo poético a las rocas apiladas en el seno del río. Yo cerré los ojos e imaginé el violento caudal fustigado por el deshielo primaveral, lo vi saltar bruscamente por las rocas y romper a su paso aristas y cantos como una maza de picapedrero. Sin embargo al igual que los trabajos del joven artista pierden desvergonzada frescura con el paso de los años, este mismo Arazas se hace más sereno a cada metro de desnivel que va perdiendo.
En aquellas primeras excursiones la escalada aún no formaba parte de mi joven universo vital, aunque mi amor hacia la naturaleza y su sabiduría, fueran el sustento básico de mi personalidad. Por aquel entonces, "aquellas paredes anaranjadas", "tan sólo" eran unos elementos decorativos, perturbadores y dramáticos, que añadían carácter a un valle más que perfecto.
Desde aquellos primeros palpitos de amor hacia el valle hasta hoy, ha pasado un "rato" en el que ya no me conformo con componer una imagen de la emoción percibida. Ahora me gusta palparla y sentirla. Me gusta que se deje querer como cuando un perrillo mete su hocico en mi mano en busca de la caricia cariñosa. Ahora además me gusta escalar. Y me gusta escalar todos los matices y filosofía de las paredes del valle de Ordesa. Cuando desde el masificado parking me alejo de la planicie del valle, el rugir del río Arazas se torna en un rumor constante que acompaña al silencio de las aves. El frondoso bosque de hayas deja paso a los resistentes y cada vez menos abundantes pinos negros. Voy ganando perspectiva visual sobre el caos de colores que las flores, hayas, bloques y animales destilan por doquier. Así la masa se concreta más y las formas individuales se agrupan en una imagen definida del valle. Desde abajo del valle, las paredes mantienen una imagen concreta y uniforme pero sin detalle alguno. Ahora que estoy mas cerca echo una primera mirada algo engañosa. Mis ojos, limitados por la cercanía, me transmiten esos detalles de escalada que ahora sí afloran en detrimento de la forma global; y que mi mente de escaladora, nerviosa, se encarga de modificar. La longitud de la pared no es tan corta como parecen sugerir mis sentidos.
La imaginación en mi cabeza empieza a correr en sentido contrario a los sarrios que huyen ante mi presencia. Esta se encarga de engrandecer los techos, de hacer mucho mas difíciles las fisuras. Se imagina mala roca donde hay un muro compacto…
La pequeña tempestad desatada en mi cabeza se calma totalmente cuando doy mis primeros pasos verticales. Es entonces cuando siento la pureza de las escaladas de Ordesa. Aquí en mitad de la pared, otra vez, como cuando disfrutaba en aquellos años en el fondo del valle, los matices empiezan a recobrar importancia. La importancia que una escaladora le quiere dar. Desde esta reunión en la que me encuentro, allí abajo, el Arazas es una dulce silueta uniforme, suave y tranquila. Aquí arriba, la mirada traza una corriente vertical, como lo hace el aire cálido que asciende del valle,. Agarrada a esta misma brisa, me despego de la pared y recorro la roca en busca de información para poder seguir la escalada. Saber interpretar la roca, las pistas que esta me ofrece, poner en practica la intuición… este es en realidad el verdadero juego de la escalada en Ordesa que me atrapa para siempre. Los pragmáticos grados y dificultades que tanto nos gusta abrazar a los escaladores deportivos, aquí devienen en una mera referencia sobre la que se fundamentará nuestra intuición en la escalada.
Ya he salido de la vía. Es principios de julio y cientos de maravillosas flores Edelweiss me dan la bienvenida en lo alto de la pared. Recojo las cuerdas y el material. Me pongo las zapatillas y junto a mi inseparable Rikar, me dispongo a descender el camino que nos devolverá al valle. Rikar me advierte que debemos darnos prisa pues desde el sur las nubes de tormenta que comprimen el cielo azul contra el Taillon, el Marbore y el Perdido, aceleran su proximidad. El Quebrantahuesos que, con su ojo dorado ha pasado cerca de nosotros, permanece impasible como si la tormenta que se avecina no fuera con él.
La fuerte humedad en el interior del bosque dota a la oscuridad de un volumen tan denso que me parece estar en una caja cerrada cuyas paredes se cierran claustrofóbicamente las unas contra las otras. La tormenta estalla con previsible violencia, las gruesas gotas chocan contra mi cara cuando dirijo mi última mirada a las paredes. Pero éstas se esconden tras la lluvia gris que se me antoja como la bajada del telón de un escenario al finalizar la función. Un telón acuoso y necesario que preserva las emociones escenificadas allí arriba de los vaivenes del mundo real.
El río ruge de alegría, la tormenta ha venido a alimentarlo.
¡Ummh, el rumor del río!
P.D.: ¡Gracias por editar esta guía tan valiente y útil. ¡Es un tesoro en hojas de papel! Sin duda, ayudara a resguardar la misma pasión y respeto hacia la filosofía de escalada, que mantenemos los escaladores cuando disfrutamos de Ordesa.











