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ANTICICLON Al Pil-Pil

 
ANTICICLON
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El invierno impone a su antojo los fenómenos atmosféricos que dibujarán el día recién nacido. Hoy tocan esponjosos copos de nieve meciéndose perezosamente antes de reposar su sueño en las retorcidas ramas del viejo pino que siempre acompaña a mi mirada cuando atravesando la ventana de mi habitación planea libre y placenteramente sobre la bahía de la Kontxa. Unos días atrás, esos mismos copos eran sólo un deseo de la multitud pues los pesados vientos del todopoderoso anticiclón eran de una sequedad digna de un desierto desamparado privándonos a todos de esos plumones suaves tan codiciados. Tozudamente, Rikar y yo mil veces insistimos en el valle del Aragón en busca del febril oro blanco y en mil ocasiones tuvimos que volvernos con los humos al ras de los ocres que íbamos dejando tras nuestros pasos. Pero el azar, esa ruleta rusa trucada a favor de las pretensiones de uno mismo, siempre que el interesado albergue la furia del deseo, quiso que mis miradas alpinas volaran más haya de las entonces indomables aguas salvajes cantábricas que sin embargo hoy la bahía ha conseguido dulcificar. Allí, en los horizontes pirenaicos franceses, justo en donde se intuyen valles repletos de gélidos tesoros capaces de despertar las pasiones más ardientes, se posó, impaciente, esperando la cálida compañía de Rikar para vivir impagables emociones que hoy vuelvo a saborear.

 

A pesar de que la madrugada había sido larga, todavía seguíamos en el tiempo de Morfeo. Resoplé un grito, que trató en vano de atrapar a Rikar. El se estaba alejando de mi con la misma velocidad que sus pensamientos corren detrás de su sueños. Al llegar al collado norte que delimita el Tallon (3.144mts) del Gabieto (3.031 mts) se detuvo en seco en busca de la realidad, dándole tiempo de acción a mi grito desesperado en su empeño. Se giro para toparse de lleno con mi sonrisa resoplona y exclamativa. "Joer hoy hemos subido a ritmillo eeeeh" pero sus ojos todavía no me habían encontrado. Deambulaban en ambos sentidos en los cuatro días anteriores en los que habíamos escalado un día la Quintana de la cara oeste del Tallon, otro foqueamos, otro escalamos otros dos corredores que nos faltaban de la misma oeste… Arriba y abajo, con esquís o con piolets pero siempre con pocos tornillos, friends y alpiste que pesa mucho…

Es como un borracho a quien el alcohol da cobijo, alimento, calor y hasta oxígeno cuando entra en trance y en la abundancia del todo jamás encuentra sustento, pues su anhelo baga perdido en busca de lo ignorado. Y es que el oro blanco además de la virtud de ser eternamente pasional ejerce ese vicio sobre los alpinistas.

 

El chasquido en el hielo de los constantes golpes de los piolets que varias cordadas emanaban mientras ascendían por la goulotte que nosotros ya habíamos gozado fue el punto de inflexión para que por fin Rikar volviera junto a mí. Sibilínamente, sin darle tiempo de reacción, aproveché para hacerle la pregunta retórica y predestinada: "¿y si dejamos momentáneamente aquí los esquís y aprovechamos para subir al Gabieto? ¿Que te parece?"

Lo seguí pegada a su espalda como una lapa por una corta arista rocosa con un cierto ambiente muy alpino. Esta vez no quería los mismos metros de distancia que había tenido que soportar antes. Y a pesar de que el vaho que salía de mi boca con vida propia dibujaba inquietantes siluetas en su cogote, él no notaba mi presencia pues las cordadas de los franceses y "tolosarras" ya lo habían devuelto a su particular mundo de éxtasis.

 

En un "tris" llegamos a la cima. La visión de la cara oeste había ganado en amplitud y perspectiva. La cordada de tres que estaba ya en la segunda parte de la Quintana se deshacía alegremente de los resaltes de roca con la técnica del "evite" al facilitar la traza de la línea de ascensión a izquierda y derecha según conveniencia en abundancia de nieve compacta.

A mi sin embargo encarar los mixtos, esos pequeños trozos de roca desnuda, fue el momento de más alegría y disfrute de la escalada.

En mi recorrido por la pronunciada ladera de nieve perfecta que acaba en la falda norte del Mondarruego, me encontré con Rikar quien también me confesó su arrepentimiento de no haber subido con nosotros los esquís. Yo también sufrí la ceguera febril de la fortuna nívea y me sobreestimé sintiéndome plenamente capacitada para tirarme a lo "Alberto Tomba" por esta autopista tentadora a la estela de un crecidísimo Rikar. Curiosamente, la velocidad alcanzada en esos determinantes minutos, nos devuelven a la cima del Gabieto desde donde jamás debimos desafiar a la tiránica realidad. Ni la valentía sentida de saberse imposible de ni tan siquiera acometer el pensamiento del intento del descenso en esquís es suficiente para montarle una rebelión con garantías de éxito al "Capitán Bligh" que comanda este navío "Bounty" que es mi mundo y el de Rikar. Pero es que al ver la cima del Tozal, Fraucata y demás paredes tan mágicas de ese valle de Ordesa tan querido las iniciativas de ambos se vuelven demasiado optimistas…

Nos sonreímos, nos abrazamos y nos miramos cómplicemente sin necesidad de romper ese enigmático silencio que solo se escucha en la cima de una montaña. Y también echamos un sin fin de emocionantes fotografías mientras volvimos la vista hacia la oeste del Tallon, en donde otra cordada más comenzó a escalar. Más arriba, la línea aparecía sospechosamente desierta para el tiempo transcurrido y el ritmo que llevaban la cordada precedente.

En otro "tris" llegamos al colladito en donde recogimos nuestros esquís e iniciamos con ligereza la corta subidita que nos dejaría en la antecima del Tallón. Alcanzamos la cima casi sin darnos cuenta así que aprovechamos para comer un pico de membrillo y beber un poco de agua. Estando en ello, apareció el trío francés para despejar toda duda. Nos amenizaron el almuerzo con sus aventuras y con una batería de preguntas sobre los corredores contiguos del que acababan de subir.

-Nosotros, les contesto, además de la Quintana, hemos escalado los otros dos corredores, el Central y el Occidental y aunque al parecer, en condiciones normales son más sencillos que el recién escalado, tal y como se encuentran en estos momentos, con tramos mixtos obligados, considero que están algo más complicados.

-¿Y…, …adonde vais con los esquís?

- Queremos esquiar esta pala que desciende hacia el sur! -les contesto a la vez que les señalo las campas por donde queremos bajar- Y después pretendemos subir al Casco (3.006 mts)!

-Uuuh! Bone chance…, a bientôt!

 

La impaciencia empezó a empujar abruptamente mis movimientos que incisamente repetía para montar a mis purasangres predilectos. Los tres estábamos deseosos de notar en el hocico la Brisilla heladora de la velocidad!. Pero en ese preciso instante, justo cuando la adrenalina comienza a rebosar, aparecieron otra pareja de alpinistas de Durango necesitados de auxilio, pues su móvil estaba sin cobertura y era preciso y urgente dar aviso al 112 para que la Gendarmerie acudiera en ayuda de los goierritarras que habíamos perdido de vista al pie de la Quintana. Al parecer un cascote de hielo desprendido por la cordada precedente golpeó con rabia en la cabeza de uno de los componenetes dejándolo aparatosamente ensangrentado y bastante conmocionado.

Rikar lo intentó con el móvil de Euskaltel teniendo un resultado satisfactorio. De nuevo nos vimos inmersos en un rescate que hizo que tuviéramos que cambiar nuestros planes, pues tuvimos que pasar un tiempo largo en la cima a la espera de confirmaciones y demás diligencias. Menos mal que los durangeses compartieron con nosotros el caldito caliente que traían en un termo de los de café. La falta de información desató viejos fantasmas y nos anudó a la pragmática realidad, pero al tiempo apareció por allí otro alpinista, en esta ocasión un simpático aragonés informando positivamente acerca del estado del herido, y liberando de este modo el nudo de la cuerda que nuestros sueños tenían al cuello otra vez, para que volaran en libertad por la lejana línea del horizonte del valle de Ordesa, emulando al quebrantahuesos que tantas tardes nos ha visitado en nuestras escaladas del valle.

Carpe Diem! Lo simple tomó todo el protagonismo, así que me encogí de hombros miré a Rikar, confié en mis purasangre, volví hacia el para entender la trazada y tras una distancia prudente me dejé conducir por estos corceles blancos y elegantes.

Sin duda a pesar de ser unos esquís muy nerviosos me transmitían mucha fiabilidad. Además la nieve polvo prensada también me dejó disfrutar de las palas de la cara sur del Tallon. Esquiamos, remamos y remontamos hasta que finalmente descendimos bordeando un caos de grandes piedras debajo de la Brecha de Roland hacia la boca de la cueva de Casteret. Allí, volvimos a remontar rápidamente hasta la Brecha, pues la hora ya estaba muy echada para adelante y sin miramientos nos olvidamos del plan inicial de coronar el Casco. Me calcé los crampones. Las laderas nortes eran un mar de hielo inesquiable, al menos para mi. Rikar lo intentó, pero al segundo giro… zaaaaas! La caída desató las fijaciones y cada esquí salió disparado como un cohete. Los pensamientos pesimistas de Rikar mientras caía por la ladera sin poder pararse ubicó los esquís, abajo, muy abajo, cerca de Gavarnie… Pero por suerte estos se incrustaron en una zona de nieve profunda. Bajó a por ellos no sin antes calzarse los crampones. Sin mediar palabra proseguimos el descenso desde Sarradets hacia la larga travesía de la base de la norte del Tallon. Del collado de Cotatuero hasta el col de Tentes y de allí hasta el parking de Gavarnie. Ya en el coche escuche un eco proveniente de las cimas que acabábamos de gozar, me acerque a Rikar y nos giramos los dos a escucharlo:

 

"Sopla el viento, la nieve ventea las cornisas

Me adentro en los valles,

Atrás he dejado las montañas

En este adiós pasajero también debo

dejar caer alguna lagrima,

al despedirme tan entristecida

donde mi corazón ha hoyado contento

la montaña me deja orgullosa una huella"

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